viernes, 21 de agosto de 2009

"Comprometido con la fe"


Este es uno de los cuentos que escribí para el 1er Concurso de Relatos Cortos y Poesías de la Municipalidad de Capiatá

Era un día de enero muy caluroso. Mi madre no se encontraba muy saludable esa semana, papá y yo saldríamos a trabajar con gente de la calesita, ¡cómo me gustaba mi trabajo! A pesar de ser un niño pequeño en ese entonces, nada disfrutaba más que compartir con mi padre y mis tíos ese mágico mundo en el que nos hallábamos inmersos.

Tuvimos que dejar a mami en casa y empacar nuestras cosas. No me gustaba dejarla sola, mas debíamos trabajar para comprarle medicinas, además de pañales y leche para mi hermanita Sara. Presentía que mamá no estaría con nosotros mucho tiempo. Tosía mucho, le dolía la cabeza y tenía un chillido en el pecho. Yo sufría en silencio.

Todo sea por la familia y la salud. Pronto nos encontramos en el gran camión del tío Samuel, nos dirigíamos a una gran fiesta, la ciudad quedaba distante a unas seis horas aproximadamente. Llevé mi camioncito de madera que me había regalado papá en mi último cumpleaños. Me divertía a mi manera, no obstante, no olvidaba que mamá y Sarita quedaban en casa, al cuidado de mi abuelita, la pobre ya era anciana; sin embargo, no teníamos a otra persona a quien acudir.

En el largo viaje pude contemplar lo maravilloso de la naturaleza y podía reflexionar sobre mi comportamiento un tanto infantil a pesar de mis escasos 9 años. Llegamos a una localidad llamada Capiatá, pronto sería la fiesta patronal, eso significaba que íbamos a tener mucho trabajo gracias a Dios. Nos instalamos en una plaza denominada Plaza de los Héroes. Allí se viviría una de las celebraciones jamás vista por mi tío y mi papá, a pesar de que ellos prácticamente recorrieron todo el país en su gira con la calesita “Los amigos de Samuel”.

Al bajarme del camión ayudé a montar algunas cosas, no podía hacer mucho, pues mi debilidad de niño flaco me lo impedía. Pedí permiso a los mayores para conocer mejor el lugar y explorar mi nueva estadía.

Me encontré con mi amigo Miguel, el mismo que había ido con su familia a la fiesta patronal de Pedro Juan, mi ciudad, mi hogar. Me invitó a recorrer juntos las manzanas más cercanas, acepté con gusto, pues lo conocía bien.

Jugamos un rato en la misma plaza y pronto mi papá me llamó para ayudar a acomodar los caballitos y demás piezas de madera e ir armando la calesita. Sabía que había ido a trabajar y no de turista.

Miguel me ayudó en algunas cosas, era más fuerte que yo pues tenía dieciséis años. Al irse, me prometió volver cuando todo estuviera listo, el es capiateño y vendría para la misa que se ofrecía en la iglesia Virgen de la Candelaria.

Las horas pasaron volando, cuando me di cuenta ya era de noche y varias personas estaban mirando como quedaba la calesita, ansiosas por subirse al caballito. Gente desconocida se sumaba a los juegos, estaban los que traían la ruleta, los premios de los globitos de colores, el del acierto con los aros, muy bueno por cierto.

Comenzamos a trabajar esa misma noche, todo se iniciaba a vestir de gala: banderas, guirnaldas, música, luces, todo esto y más constituía la hermosa ceremonia. La Virgen de la Candelaria iba a pasar frente a nosotros a las ocho de la noche, iría a otra capilla, pues es una tradición que ella visite varios oratorios de la comunidad.

Pasaron dos días de mucha fiesta, me sentía emocionado, asombrado, cómo el amor y la fe movía a tanta gente, cuántas personas gozaban y esperaban ansiosos el gran día, el día de la Virgen patrona de los capiateños. El Padre Peter se encargaba de las misas y su homilía llegaba al corazón de todo un pueblo, invitaba a reflexionar las acciones y denunciaba irregularidades, faltas a las promesas hechas por algunos gobernantes.

Papá recibió una llamada esa mañana, me extrañó pues puso una cara afligida, los ojos se le inundaban con lágrimas, su respiración parecía inquietarse, en ese momento me exalté bastante. Temía escuchar algo malo, algo que ya sospechaba hace tiempo. Mamá no puede morir, es muy joven, solo tiene 27 años, ¡por Dios! Papá colgó el teléfono, me llamó a sentarme en su regazo, me juntó las manitas y me dijo: debo volver a casa, tu mamá… ¡No! Grité, mamá no puede morir, ¡no nos puede dejar!, exclamé.

Llorando mi padre me dijo que mamá estaba viva pero muy delicada, tenían que trasladarla a la capital para internarla en un hospital. “Tu mami está enferma, Tomás”. Sentí que mi corazón volvía a latir, mami está viva, ¡aún está viva!, pensé.
Me calmé, le dije que fuera lo más rápido posible, que aquí los iba a esperar. La mañana siguiente, mientras limpiaba nuestra zona, vi asomarse un autito, era el de mi tío Cacho, fui corriendo, bajó papá con Sarita en brazos, inmediatamente le pregunté cómo se encontraba mamá. Se agachó y me dijo: “seré sincero contigo, tu mami está internada y muy delicada, los doctores la están cuidando para que pronto se recupere, ella está en manos de Dios ahora”.

No escuchaba nada, me quede atónito, fui corriendo a la iglesia, me detuve frente a ella y la miré, mi llanto me dejaba ver poco aunque lo suficiente para darme cuenta de que era hermosa, el templo más hermoso que había conocido hasta ese momento, llena de Santos, las ventanas grabadas, noté que la Virgen había vuelto, estaba ahí, reluciente con su vestido blanco.

Entré suplicando, ¡por favor, no te lleves a mi mamá!, “soy pequeño y la necesito, Sarita es apenas una bebé, si mamá se va, mi hermanita no la recordará nunca, merecemos crecer con nuestra madre, tú eres madre, comprenderás el sentimiento, me comprenderás, no te pido imposibles, muchas personas me hablaron bien de ti, te ruego que no te la lleves, deja que pueda cumplir su misión en este tierra antes. Te prometo que, si mamá sale de esta, seré quien se encargue de cuidar tu preciosa casa, seré el futuro sacerdote y te protegeré, te veneraré por siempre madre mía”.

En ese momento sentí paz, una luz brillante y resplandeciente se asomaba detrás de la virgen. Le agradecí, le prometí no defraudarla nunca, la miré fijamente y la besé con todo el amor de un niño feliz por la vida de su madre.

Salí corriendo de allí, palomas blancas volaban detrás de mí, como hojas de árboles agitadas por un frío viento de otoño. Fui junto a mi padre y le dije que mamá sanaría, que la Virgen de la Candelaria me lo dijo. Papá me miro fijamente, incrédulo me dijo: “no seas iluso Tomás, tu mamá no está bien”, ¡pero papá! exclamé yo, llama al hospital, ve si es necesario, yo cuidaré de Sarita, vete y trae contigo a mamá, verás que su mal se ha ido.

No muy confiado puso en mis brazos a mi hermanita y emprendió viaje a la capital, no está tan lejos pensé, solo unos kilómetros, pronto la veré sana.

Unas horas después, vi a lo lejos asomarse el auto de tío Cacho. Sarita estaba dormida en un banquito de la calesita así que fui corriendo, esperanzado. Era mamá, con la sonrisa hermosa que hacía tiempo no veía reflejarse en su rostro, estaba más preciosa que nunca, la abracé con toda mi fuerza, le dije cuánto la amaba y cuánto la extrañaba.

Mamá llorando me dijo que era un niño valiente, que era un ángel. La Virgen le había contado mi promesa, me alentó a no defraudarla pues ella habría cumplido con su parte. “No lo haré mamá, no lo haré”. Papá nos miraba un poco extrañado, convencido de que habría ocurrido un milagro, el más hermoso milagro que nunca nos había ocurrido.

A veinte años de aquel día me encuentro hoy, un poco temeroso y nervioso, será la primera misa a mi cargo, el gran culto por el día de la Virgen de la Candelaria. Soy un sacerdote comprometido más que nada con mi madre, la Virgen, con mi padre, Dios y conmigo mismo, desde que tuve la muerte de mi madre en mi cabeza supe que esto haría, el resto de mi vida la dedicaría a la fe, a profesar la fe que mueve a miles de personas.

Aquella fe que cura heridas tanto físicas como espirituales. Doy gracias a Dios por aquella dolorosa aunque maravillosa experiencia. Fue una revelación, una divina revelación. Ahora, paso mis días dentro de esta casa, la casa de todos, es hermosa por dentro y por fuera. Me siento en paz.

Sarita comenzará la universidad, estoy bastante orgulloso de ella, vendrá para la ceremonia junto con mis padres y mi hermano Jesús, el pequeño de 10 años que adoptamos como miembro de la familia.

La vida en Capiatá, hermanos míos ha sido maravillosa, Pedro Juan me tiene guardado un lugar para cuando quiera regresar, sin embargo, mi vida está acá, mi vocación y mi fe hacia la Virgen es mayor.

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