viernes, 21 de agosto de 2009

"Un aventura soñada"


Este es el cuento merecedor del segundo puesto del 1er Concurso de Relatos Cortos y Poesías de la Municipalidad de Capiatá.

Josefina es una niña de 11 años a quien le encanta investigar. De grande, será arqueóloga como Lara Croft a quien admira en los videojuegos, ya se lo reveló a sus padres. No están de acuerdo con su hija, pues no tendría mucho futuro, mas se sienten confiados de que cuando crezca cambiará de parecer.

Vive en Argentina y le encanta visitar a su abuela en Paraguay, en una localidad muy bonita llamada Capiatá. Lo que más le interesa es conocer el origen de los mitos, su historia, quién los inventó, pues la ciudad se caracteriza por el museo mitológico Ramón Elías, único en su especie en toda Sudamérica.

Se pasa horas frente a su computadora, navegando en internet, de hecho, visitó varias páginas web alusivas a la ciudad. Se informó sobre la academia militar, el cementerio japonés, la iglesia, el porqué la gente dice Pa’i jukaha. No lo comprende bien aún, pero es muy inteligente para su edad.

Le contará a su nana (su abuela Catalina) que el verano próximo irá a saludarla y pasará sus vacaciones con ella, cuenta los días que faltan con mucho entusiasmo.

“Querida abuela: Estoy feliz porque pronto viajaré a Paraguay para encontrarme contigo y me llevarás al museo que tanto quiero conocer, será el regalo de mi 12° cumpleaños…”. En ese momento escuché un ruido extraño proveniente del patio, corrí las cortinas de mi habitación y vi un camino hermoso, lleno de flores que me invitaban a seguir. Una vez fuera, oí el canto de los pájaros, era un día fantástico.
Seguí caminando y me encontré con un lugar bellísimo, era una especie de cabaña antigua con pasillos largos, ventanales de madera que contaban el paso de los años.

¿Qué es ese ruido? ¿Alguien se encontraba ahí?- me pregunté. Era un niño completamente desnudo, ¡Por el amor de Dios!, pensé. Pero no perdí la calma, fui valiente y lo saludé.

Él tenía una vara de madera en mano y hablaba con un hombrecito, petiso y muy peludo. Me dijo ser Jasy Jateré y que estaba en compañía de su muy buen amigo, el señor Pombero.

“Por favor, no temas, no te haré daño, sólo quiero ser tu amigo, gracias a abuelas como la tuya ya nadie quiere jugar conmigo. Los niños me temen y los adultos me utilizan para que sea protector de sus bienes”,-afirmó con cara triste el hombrecito.
En ese momento recordé las palabras exactas de mi abuela Cata: “che memby no vaya que na a salir sola ajuera, cháke karai pombero nderaháta hina”, me sentí tan responsable, el pobrecito no tenía la culpa de que los grandes los usaran para atemorizar a los niños.

Les aseguré que yo no era como los demás, que me encantaría ser amiga de ellos. Una sonrisa se dibujó en el rostro de mis nuevos amigos, me sentí muy bien.

Me llevaron a conocer mejor su casa, me comentaban que un buen hombre llamado Ramón Elías, había construido su hogar, además adoptó a muchas “personitas” como ellos.

A medida que íbamos recorriendo los pasillos, iba conociendo al resto de la familia, entre ellos se encontraban el Lobisón que me pareció un perrito bastante raro y poco amable, también el señor Kurupi, un buen hombre pero su aspecto me daba miedo. El más chistoso resultó ser Ao Ao, parecía una ovejita pero con cabeza de oso y patas grandes, un tanto extraño, la familia era completamente extraña pero muy amable, me recordaba a la familia Adams, ¡ja ja!

Nos detuvimos un instante a tomar agua fresca del kambuchi, mientras contemplaba el hermoso lugar, me comentaban que no había otro así en toda Sudamérica, ¡Qué dichosa me sentí, única en su género y yo lo había conocido! , era como conocer a la misma Lara Croft, ¡qué diría ella si le cuento mi experiencia!

Era momento de emprender una aventura con Jasy y Pombe (así los llamo de cariño), fuimos hasta la puerta grande que da a la avenida principal, Mcal. Estigarribia según los chicos. Noté que llevaba una impresión en lo alto del portón: “Museo Mitológico Ramón Elías”, definitivamente era el museo que tanto anhelaba conocer y por más que insistía a mis padres, ellos no me llevarían por esa cuestión de las supersticiones.

Sonreí y seguí mi camino, íbamos por la acera corriendo y riendo, nos detuvimos en un centro comercial, lo recuerdo perfectamente, pues llevaba el nombre de Fernandito, sí, como aquel compañero de la escuela que me envió una carta el día de San Valentín.

Nos topamos con gente muy amable, vendían cosas a las afueras, Pombe era el más glotón, compró caramelos y otros dulces. “No te detengas”- me decía Jasy, pues él quería mostrarme un poco más la hermosa ciudad de Capiatá. Fuimos corriendo mientras Pombe nos perseguía con paso lento e intentando abrir la bolsa de gomitas de azúcar, en seguida llegamos a una plaza muy bonita, tenía como una gran pista de patinaje, allí andaríamos en bicicleta y patinaríamos en skate.

Les pregunté de quién era ese lugar, “de todos” me dijo Pombe, mientras devoraba el último caramelo. “¿Ves esa casita allá?”- preguntó Jasy, “se llama Municipalidad, y es la responsable de que todo esto esté en orden”.

Me pareció entretenida la explicación pero lo interrumpí cuando fui corriendo a un columpio que se encontraba desocupado, sólo pensaba en divertirme. Me reí bastante cuando vi a Pombe en la bicicleta, con sus piernitas cortitas y peludas, la bici le quedaba un tanto grande.

Jasy y yo pronto entablamos una amena conversación, ¡tenemos tanto en común! Nos preguntábamos por qué no nos habíamos conocido antes, si era cuestión del destino, o cosas así.

En medio de nuestra filosofía, nos percatamos de que unos niños, más grandes que nosotros, comenzaban a molestar a Pombe, le proferían insultos horribles. Él, callado, comenzó a gemir, se sintió tan humillado que no tuvo la fuerza suficiente como para defenderse.

Corrimos junto a ellos y nos pusimos delante de nuestro fiel amigo, los demás nos molestaban. Sostenían que ese lugar era para ellos solamente, que era el espacio donde practicaban sus piruetas en las bicicletas pequeñas. No estaban dispuestos a compartir aquella zona que era “de todos”.

No podía comprender cómo la gente es tan egoísta, Jasy, murmuró diciéndome que ellos no eran de ahí, que venían de otra ciudad queriéndose adueñar de lo que pertenecía a los capiateños.

Traté de ser sensata y les pregunté de donde venían, un joven apuesto pero irritante llamado Brian me aseguró que venían de una localidad vecina. Le respondí que si querían seguir viniendo deberían acatar las normas de la Municipalidad.

¿Qué es eso?- preguntó inquietante el pequeñín que se escondía detrás de uno. Jasy respondió: “es la responsable de que todo esto funcione, tiene sus reglas, la más importante es que este lugar es de todos, sin importar de qué ciudad vengan y lo deben cuidar”.

Pronto el rostro poco amable de los demás comenzó a asustarme, estaban furiosos como bestias enjauladas queriendo despojarse de sus cadenas, se creían los más fuertes pues ya eran mayores, tendrían dieciséis años aproximadamente.

Se acercaban cada vez más a nosotros, sacando la ira que llevaban dentro, Pombe continuaba tiritando del miedo, llorando. Jasy parecía impotente a pesar de su coraje y yo… me encontraba perdida, no era tan valiente como pensé, sentía que me temblaban las rodillas viendo la cara roja de esos vándalos.

De repente… ¡Josefina! Despiértate que ya es hora de ir a la escuela, hija.

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